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Subir al cielo con zapatos (y sin perder la compostura en el intento)
Porque a veces el amor no muere… solo se transforma. A veces en silencio, a veces en cartas no enviadas, a veces en calcetines prestados que nunca se devuelven.
Hace unos días, en una de esas clases que te vuelan la cabeza, una de mis Nanas dijo algo que se me quedó tatuado en el pecho: “subir al cielo con zapatos”. Y no, no estaba hablando de levitar en Birkenstock ni de una nueva secta mística. Hablaba de algo mucho más terrenal y, por tanto, mucho más complicado: se refería a esa casi magíca capacidad de transformar un vínculo romántico sin matarlo del todo, sin desangrarlo en reproches, sin bloquearlo en Instagram.
La idea, bellísima en teoría y durísima en la práctica, es mantener un vínculo —ese, el romántico, el de las playlist compartidas y los mensajes de buenos días— aún después de que el amor ya no se presente en forma de mariposas, sino de flashbacks incómodos y un leve dolor de estómago. ¿Y cómo se hace eso? Pues con evolución. Con un poquito de dignidad. Y con zapatos puestos, claro, porque andar descalza por esos terrenos emocionales puede ser un deporte extremo.
Porque seamos honestos: cuando hablamos de “amor”, solemos estar hablando de posesión con esteroides. Que si “mío”, que si “para siempre”, que si “nunca me dejes aunque me vuelva insoportable”. Y así, lo que empezó como un ritual sagrado de compartir memes y risas, termina convertido en una guerra fría con emojis pasivo-agresivos y la custodia compartida del gato.
El gran plot twist es que esa persona que nos hizo sentir invencibles, como si la vida fuera una película indie con filtro cálido, puede también rompernos el alma en mil pedacitos. Porque, spoiler alert: idealizamos. Y cuando el castillo de expectativas se viene abajo, no queda otra que llorar con dignidad (o sin ella) y volver a recoger las ruinas... en lo posible, sin mandar mensajes a las 2 a.m.
Todo se deshace. Y lo que queda es un eco de lo que pudo haber sido.
Pero llega un día —normalmente después de mucha terapia, una playlist de Carla Morrison y una que otra crisis existencial— en el que entendemos que nada dura para siempre (excepto el trauma infantil y la cuenta de Netflix del ex que todavía usamos). Y en ese momento mágico en el que soltamos, no con despecho sino con ternura, empezamos a transformar el vínculo. Ya no es mi amor, es mi historia. Ya no es mi compañero, es alguien que fue parte de mí. Y si logramos mirar hacia atrás sin que se nos revuelvan las tripas, amigos... ¡ahí es cuando estamos subiendo al cielo con zapatos!
Yo todavía estoy en fase calcetín. A veces con agujeros. A veces con uno solo. Pero al menos ya no estoy descalza llorando en el baño de algún aeropuerto. Después de casi diez años de relación, con viajes, carcajadas, discusiones geográficas ("eso NO es el norte, Cosi"), estoy aprendiendo a querer a ese amor de otra manera. A la distancia. Como familia. Como ese primo que vive en otro país y solo saludas en Navidad, pero le tienes cariño igual.
Y así renace este blog. Porque Amor Nómada fue, en sus inicios, un proyecto compartido: una bitácora en la que queríamos escribir a dos voces las aventuras del mundo y del amor, escrita entre escalas y desayunos continentales. Pero ese experimento duró menos que una dieta en diciembre. Entre mudanzas, crisis personales y de pareja, y más países que conversaciones profundas, el blog quedó huérfano.
Ahora, unos años después, vuelvo a este rincón digital con otro propósito. Ya no como una guía de viajes, sino como un ejercicio personal. Hoy regreso, sola pero más yo. Ya no como la mitad de una historia, sino como protagonista de la mía. Hoy escribo desde la catarsis, desde el duelo, desde la risa y la transformación. Hoy escribo para entenderme. Para abrazar a esa versión que fui, agradecerle a la que me trajo hasta acá y dejar espacio a la que viene en camino.
Hoy entiendo el amor diferente. Ya no creo en el “para siempre” con la desesperación de antes. Creo en el “por ahora” vivido con intensidad. Y en los amores que, aunque no se queden, te dejan mejor que como te encontraron.
Porque no soy. Estoy siendo. Y, como este espacio, me transformo. No quiero encajar en definiciones fijas, quiero ser un mapa en constante redibujo. Una brújula loca que, aunque se desoriente, sigue moviéndose.
Así que sí, quiero subir al cielo con zapatos. Por él, por mí, por los que fueron, por los que vendrán, y hasta por ese amor de verano que solo duró tres gin tonics. Porque todos, de alguna manera, me han hecho ser. Y eso, al final del día, también es amor.