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¿Qué carajos es una relación de pareja?
En teoría, las relaciones de pareja deberían ser amor, apoyo mutuo, domingos de desayuno en la cama y risas espontáneas. En la práctica… son más bien una montaña rusa entre el deseo, la rutina, el café bien hecho y ese eterno dilema de “¿seguimos construyendo o es hora de soltar?”.
Anoche, en una de esas conversaciones de madrugada que curan el alma y destruyen la productividad del día siguiente, terminé hablando con un buen amigo sobre relaciones. Ya saben, esas charlas largas que empiezan con un “tenemos que arreglar el mundo” y terminan con un “¿y si mejor invertimos lo del psicólogo en vino y nos vemos más seguido?”. La respuesta siempre es no. O sea, sí al vino, pero no, no dejes al psicólogo. Él no se ríe de tus chistes malos, pero tampoco te juzga cuando dices que extrañas a tu ex solo porque tenían bromas internas y sabía exactamente cómo te gustaba el café.
Después de pasar por la fase del terapeuta pirata (yo te escucho, tú me escuchas, todos fingimos que estamos bien), llegamos a mi parte favorita: la del boludeo, como diría un buen amigo argentino. Esa zona segura donde el humor negro, los chistes internos y el bullying consentido hacen que uno se olvide, por un rato, de que la vida adulta es básicamente intentar no llorar en lugares públicos.
Ahí, entre risas, como quien no quiere la cosa, caímos en ese tema que da más miedo que un mensaje de “tenemos que hablar”: las relaciones de pareja.
Y claro, salió la gran pregunta: ¿qué carajos es una relación de pareja? No la versión de Wikipedia, sino la real. La que no viene con filtros ni flores secas. Y con ésta, el eterno dilema. Porque una cosa es el deseo romántico de “quiero un amor bonito, con estabilidad, confianza y domingos de desayuno en la cama”... y otra muy distinta es la gloriosa libertad de estar soltero, donde no das explicaciones y puedes pasar tres días en pijama sin que nadie lo considere “red flag”.
El problema, creo, es que nos subimos al tren del amor sin revisar si llevamos el boleto correcto. Queremos pareja, sí, pero… ¿sabemos para qué? ¿Queremos compartir vida o solo llenar el check de adulto funcional? Porque entre el anhelo de romanticismo y la presión social por “cumplir etapas”, terminamos en una especie de reality show interno: capítulo uno, el flechazo; capítulo dos, la convivencia; capítulo final, el silencio incómodo en el desayuno.
Yo ya pasé por ahí (y no me arrepiento). Tuve mi príncipe azul, vestido blanco, fotos de “pareja perfecta”. Promesas de amor eterno con contratos firmados ante notario. Y no, no fue para siempre. Porque tratar de cumplir el libreto de la sociedad es la forma más rápida de acabar en piloto automático. Y créeme: el piloto automático no sabe cómo amar.
Hoy, con un par de canas (descubiertas recientemente, aunque no recuerdo haberles enviado invitación), ya no quiero finales de cuento. Quiero relaciones con barro, con risas, con crisis existenciales y con la capacidad de mirar al otro y decir: “¿seguimos construyendo juntos, o es hora de reescribir el plano?”. No quiero pedestales ni seres perfectos; quiero personas reales, de esas que se equivocan, se ríen de sí mismas y te preguntan si quieres sushi o llorar viendo películas de adolescentes. O ambas.
Porque —y esto no lo digo solo yo, lo dice también mi yo con insomnio a las 4 a.m.— las relaciones no son una fórmula; son una construcción diaria. Y sí, da trabajo. Da miedo. Pero también da risa, ternura y, con suerte, orgasmos decentes.
En esta época donde cada semana aparece una nueva categoría relacional —poliamor, amor libre, monogamia flexible, pareja ecológica no tóxica— me parece más importante que nunca escribir nuestras propias definiciones. Ojo, en plural. No hay un solo tipo de relación, y lo que funciona contigo no necesariamente tiene que funcionar con tu mejor amiga ni con tu terapeuta (aunque a veces uno quisiera que fueran la misma persona).
Entonces, ¿cómo hacemos? ¿Cómo construimos vínculos que no nos obliguen a dejar de ser nosotras mismas para encajar en un molde? Tal vez la respuesta esté en dejar de buscar respuestas absolutas. Tal vez se trate de mirar al otro con honestidad, decirle “esto soy, esto quiero, esto no sé” y ver si ahí, entre tanto caos, también podemos encontrarnos.
Al final de esa conversación nocturna no resolvimos nada. Porque cuando se trata de relaciones, nadie tiene la verdad. Pero sí nos quedó una certeza: lo único que no se negocia es el respeto y la libertad de ser uno mismo. Todo lo demás se puede inventar.
Y si no funciona, al menos te queda una buena historia para contar en otra de esas charlas largas que salvan el alma.