Mi Blog

Mike Wazowski no está solo: mi monstruo le hace compañía
Durante años lo mantuve escondido, camuflado entre buenos modales y sonrisas que decían “todo bien” aunque por dentro rugiera. Pero basta. Hay una parte de mí que no quiere seguir en silencio. Un monstruito con caderas sueltas, voz propia y hambre de vida, que se cansó de vivir en la sombra del “deber ser”.
¡Ohhh sí! Ya la siento: una garrita por aquí, un ojo curioso por allá, el rugido suave, esa cosquilla entre salvaje y seductora que hace crujir la puerta del clóset donde vive mi monstruo. A veces lo sentía empujar desde adentro, queriendo salir a sacudirse el polvo del “deber ser”, pero no lo dejaba. Muy políticamente correcta, muy buena niña, muy calladita (bueno, lo de calladita…).
Pero ahora lo confirmo, con la seguridad de quien ha espiado debajo de la cama y ha visto más que pelusas: confirmo, tengo un monstruo adentro. Y no es cualquier criatura temblorosa estilo Scooby-Doo, no. El mío tiene ritmo, presencia, y se lanza con la seguridad de Roz diciendo: “Siempre te estoy observando, Wazowski”.
Este monstruito, que vive al fondo de mis tripas, siempre ha estado ahí, con hambre. Hambre de vivir, de gritar, de gozar. Pero por años lo mantuve a dieta, lo reprimí con modales y sonrisas educadas. ¿Por qué? Porque nos enseñaron a ser niñas buenas, señoritas. A sentarnos con las piernas cruzadas y el deseo domesticado. Que una mujer que se respeta no pide, no muerde, y mucho menos baila reguetón hasta el piso en una fiesta familiar.
Pero este monstruo no es de esos que dan miedo con cadenas y gritos: este se pavonea con flow y con las caderas sueltas. No quiere asustar a nadie, pero tampoco está para pedir permiso. Ha crecido en la oscuridad, alimentado de silencios, reprimido por las buenas costumbres y por esos discursos mohosos de lo que una mujer “decente” debe ser.
Porque vamos a decirlo sin rodeos: llevamos años oyendo las mismas instrucciones de fábrica. “No seas muy ruidosa”, “No hables de eso”, “Cierra las piernas, pero abre la sonrisa”, “No seas intensa”, “No te rías tan fuerte”, “No des el primer paso”, “No te disfrutes tanto”. ¡Hasta nos han dicho cómo debemos gozar! ¿¡Perdón!? ¿¡Quién rayos decidió que el placer tenía manual de usuario con versión patriarcal adjunta!?
Spoiler: el monstruo se hartó de tanta compostura.
Y un día, si tienes suerte (o una epifanía provocada por una playlist picante y dos gin tonic), te topas con alguien que te mira diferente. Que no solo no le teme al monstruo, sino que le pone alfombra roja y le dice: “Reina, este es tu desfile”. Y ahí lo ves, saliendo del clóset (literal y metafóricamente), moviendo las caderas como si estuviera en la pasarela de Monster Fashion Week. Furioso, fabuloso y con una energía que te hace preguntarte si no será pariente lejano de Mike Wazowski con un toque de Beyoncé.
Y ya está. Fin. Se acabó el jueguito de quedarse quieta. Porque si nunca has probado la crema de pistacho, no la vas a extrañar… pero en el momento en que la pruebas... empiezas a soñar con ella en horarios no aptos para antojos.
Este monstruo mío tiene el pelo suelto, la risa ancha y los pies descalzos, pero sobre todo, tiene voz. Una voz que no pide permiso para hablar en la mesa, que aprendió a decir "NO" sin tartamudeos y "SÍ" sin culpa. Que ama estar solo, pero también se lanza a la conversación con desconocidos como quien se lanza a una piscina sin revisar la profundidad. Es el tipo de criatura que entra a una habitación y no se disculpa por ocupar espacio, porque sabe que se lo ganó. No se achica frente a quienes gritan más, y cuando no sabe algo, no se hace el sabiondo: afina el oído, levanta la ceja y pregunta sin vergüenza. Porque quien no pregunta, se queda en la ignorancia. Y mi monstruo odia la ignorancia… y la tortilla muy hecha.
¿Qué si tiene mucha energía masculina? Tal vez. ¿O será que simplemente está cansado de esconder el deseo y quiere disfrutar? Porque este monstruo no solo quiere amar: quiere hacerse el amor a sí mismo cada mañana. Y no hablo de yoga y afirmaciones frente al espejo (que también están bien), no señor. Hablo de mirarse con deseo, de ponerse ropa que le dé ganas de ser desvestido, aunque sea solo para ir al súper. Hablo de besar con hambre y con arte. De esos besos que duran tanto que la gente asume que se les fue la vida entre lengua y suspiros. Porque sí, esos besos… uff, esos son monstruosamente deliciosos.
¿Y sabes qué más? Mi monstruo goza. No solo el sexo, sino el deseo, el juego, la posibilidad. Goza el coqueteo mental, las conversaciones inteligentes y con doble sentido, las carcajadas hasta llorar, las canciones viejas que se cantan como si estuvieras en una novela de los noventa. Le gusta reír, pero también llorar. Y lo hace con estilo, con pestañeo dramático y servilleta en la mano.
Ahora, no nos engañemos. El monstruo no está en modo 24/7. No es Alexa. Este monstruo sabe que hay ambientes donde debe volver a esconder la cola para no asustar al vecindario. Sale cuando hay confianza. Cuando el ambiente huele a respeto, humor negro, juego y admiración mutua. Cuando sabe que no va a ser juzgado por sus garras ni por su rugido. Cuando encuentra otros monstruos que también quieren jugar y no tienen miedo de revolcarse en lo salvaje de ser uno mismo.
Entonces sí, ahí salgo yo también. Sin disfraces, sin escudos, sin necesidad de explicaciones. Porque una cosa es mostrarse. Y otra, muy distinta, dejarse ver. Y cuando ese monstruo toma el volante... mamita, qué delicia de viaje. Porque no pide permiso, pero sí da las gracias. Y porque no necesita fingir nada. Es. Punto.
Por eso, ya no busco solo gente con “valores” y “metas de vida claras” (que también, eh, no estamos tan salvajes). Busco cómplices. Gente que no tema a los rugidos, que se ría con los colmillos, que entienda que errar no es fracasar, sino solo parte del camino hacia volverse más monstruosamente auténtica. Porque a mí, me encanta quien soy cuando es mi monstruo quien conduce.
Ahora bien, me pasa algo muy curioso: hay una parte de mí que todavía se quiere hacer la tonta, la que finge que no ha pasado nada, que todo sigue igual. Pero al mismo tiempo, hay otra parte —más honesta, más lanzada, más caliente también— que ya no puede, ni quiere, vivir sin ese monstruo. Porque ese monstruo es mi versión más honesta, más viva, más valiente.
Y esa versión baila salsa, pero también perrea hasta el piso. Se enamora de a ratos, pero sobre todo se enamora de sí misma. Se dice “te amo” al espejo con mascarillas en la cara y se manda memes a sí misma a las 2 AM. Esa versión besa sin miedo, escribe sin filtro y ama sin “checklist”.
Así que sí, tengo un monstruo. Y no quiero esconderlo. Quiero que lo conozcan, que le inviten una copa, que se rían con él hasta que les duela la panza. Como en Monsters Inc., cuando descubrimos que la risa genera más energía que los sustos. Porque resulta que cuando uno se atreve a ser quien verdaderamente es, lo que genera es luz.
Y aunque esto no es un anuncio de búsqueda de pareja (todavía), si algún día llega alguien por ahí con ganas de quedarse... Espero que, al ver asomarse mi monstruo, en vez de salir corriendo, suelte una carcajada y diga: “¡Sully, suéltate ese paso!”. Ahí sabré que es de los míos. Y que al abrir la puerta del armario y ver en su totalidad al monstruo, no solo no corra, sino que, con una sonrisa, le ofrezca un trago… y le invite a bailar.