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Mi sala en el cielo (con vértigo incluido)
¿Contrato de alquiler? ¿Sillas de comedor? Por favor. Mi sala está en el piso 27 del Hotel RIU. Vista panorámica, vino decente, y una selección muy exclusiva de invitados que no me juzgan si grito al cruzar el puente de cristal.
Hay quien cree que sin un contrato de alquiler a tu nombre no puedes ser anfitriona. A esas personas les digo: miren la terraza del RIU. ¿Acaso no es más elegante que mi antiguo comedor en el apto de Tulum, donde solo había cuatro sillas y el ventilador hacía más ruido que conversación?
Una buena anfitriona no necesita cuatro paredes. Solo necesita encanto, buen paladar, una habilidad casi olímpica para improvisar y una ciudad o pueblo que se deje querer.
En las épocas de mi vida en las que he tenido casa —una verdadera, con paredes y una cama que no era de hotel, ni sofá de visita, ni colchoneta inflable—, me ha gustado lucirme: picoteo bien presentado, copas limpias, playlist según la ocasión, y alternativas sin gluten, sin carne, sin lácteos y sin culpas. Un espectáculo. Mis veladas en el caribe mexicano eran una mezcla de diplomacia internacional (amigos de varias nacionalidades pasaron por allí) y la confianza de andar descalzos por casa. Noches de chicas que empezaban con “vino y Netflix” y terminaban en algún bar de La Veleta o del centro de Tulum. Encuentros programados que a veces bajaban la temperatura hasta convertirse en guerra fría al querer ganar en CATAN. En otras tantas ocasiones (las menos), besos improvisados y risas cómplices. De todo un poco, como brunch hipster en domingo.
Pero ahora estoy en Madrid. Y si bien no tengo casa, tengo otra cosa: una versión muy democrática de ella, repartida por toda la ciudad. ¿Que quiero tomar sol? Salgo al balcón, también conocido como Plaza de Oriente o subo a la terraza que algunos llaman Parque El Retiro. ¿Que quiero cocinar? Me paso por Melo’s o Pez Tortilla y les dejo ese honor. ¿Que quiero cine y drama sin necesidad de relaciones tóxicas? El Renoir de Plaza España me espera con butaca asignada.
Pero la joya, mi joya, es la terraza del Hotel RIU. Piso 27. Vista 360º. Y vértigo gratis. Es mi sala, mi punto de encuentro emocional, mi living en el cielo. La primera vez que crucé esos puentes transparentes creí que moría. Literalmente. Una crisis existencial entre el glamour del rooftop y la certeza de que mis órganos internos estaban a punto de caer por los pantalones. Desde entonces, solo subo con personas importantes. No cualquier amigo, no cualquier cita. Solo esos seres humanos que te estabilizan cuando la vida se pone como el piso de esa terraza: transparente, frágil y con mucho riesgo de colapso emocional.
Vivir como nómada —con estilo, sí, pero nómada al fin— te enseña a redefinir eso de “recibir visitas”. Porque uno ya no recibe en su comedor con velas aromáticas y mantelito, sino en el mundo: que si la familia americana en Lisboa, los suegros en Moscú (ahora ex suegros), los papás y hermana en Tromsø, el ligue en Tulum, la tía en Madrid… La lista puede ser infinita. Uno se convierte en anfitriona global con una maleta como única propiedad (y mi gato, por supuesto) y mucha habilidad para detectar cafés con wifi y enchufes escondidos.
Madrid, sin embargo, es otra cosa. Desde la primera vez (por allá en 2017), me abrazó como si ya me conociera. Como cuando te reencuentras con alguien de quien no sabías que habías estado enamorada. Será lo caminable, lo teatral, lo gastronómico. O que a veces me recuerda a Bogotá y otras a Buenos Aires, como una mezcla de exnovios que ya superaste pero a quienes recuerdas con cariño.
Aquí me siento en casa (no sé por cuánto tiempo), aunque mi casa se parezca más a una ruta de tapas que a un loft Pinterest-ready. Y cuando recibo gente, les muestro mi Madrid: mi balcón, mi sala, mi cocina. Los llevo a ver la ciudad desde las alturas y cruzo los puentes con el corazón en la boca y la certeza de que, si me caigo, al menos será en buena compañía. Porque hay gente que solo llega al recibidor de tu vida, otra que se acomoda en la cocina sin pedir permiso, y unos pocos —muy pocos— que llegan hasta tu habitación (metafórica y literal) y se instalan sin fecha de salida.
Pero eso, queridos, es tema para otro post. Y ya saben: si nos vemos en la terraza del RIU, consideren que los he dejado entrar a mi sala, a mi vista más íntima… y probablemente a mi miedo más irracional.