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La puerta que todavía no cierro

La puerta que todavía no cierro

Viernes, Agosto 21, 2026

A los 39 no sé si quiero ser madre, pero me inquieta que algún día la vida decida por mí. Entre el amor inmenso por un niño que no es mi hijo, el deseo de conservar mi libertad y el miedo a una puerta que empieza a cerrarse sola, intento habitar la pregunta sin obligarme todavía a encontrar una respuesta.

El pasado 12 de agosto el cielo decidió montar una fiesta. De madrugada, seis planetas se alinearon. Al atardecer ocurrió un eclipse solar total en Leo, considerado uno de los eventos astrológicos más intensos y movilizantes del año. Y esa misma noche las Perseidas alcanzaron su punto máximo: se calculaba que podrían verse más de cien estrellas fugaces por hora, si las nubes, la contaminación lumínica y la vida adulta tenían a bien permitirlo.

Yo quiero pensar que no fue casualidad. Que el universo estaba celebrando conmigo. Ese día cumplí 39 años. El último cumpleaños de una década que, cuando empezó, parecía destinada a ser aquella en la que por fin culminaría muchos proyectos. Como si la vida funcionara por temporadas bien organizadas y a los treinta nos entregaran un cronograma: construir, consolidar, madurar, comprar una planta, mantenerla viva y llegar a los cuarenta con todas las respuestas.

Ese no fue mi caso, ni de cerca. Aunque tampoco puedo quejarme. He hecho muchas cosas durante estos años. Algunas importantes. Otras absurdas. He terminado proyectos, he empezado otros, he cambiado de ciudad, de país, de casa, de opinión y, en más de una ocasión, de vida entera.

Pero cada vez que se acerca el cumpleaños aparece el inventario. Ese repaso inevitable que se parece un poco al del 31 de diciembre, solo que más íntimo y bastante menos entusiasta. No hay lentejas, ni doce uvas, ni ropa interior de colores, y menos una lista de propósitos escrita después de tres copas. Está uno consigo mismo, repasando lo que hizo, lo que no hizo y todo aquello que creyó que a estas alturas ya tendría resuelto.

Como si el cambio de número en el reporte oficial de nuestra edad tuviera el poder de convertirnos, de un día para otro, en una versión más sabia y definitiva de nosotros mismos.

Treinta y nueve. Una edad en la que, siendo mujer, hay una pregunta que empieza a llegar con un volumen difícil de ignorar: ¿Quiero tener hijos? No es una pregunta inocente. Tampoco es la primera vez que aparece. Viene cargada de presión social, advertencias biológicas, creencias heredadas y metáforas ferroviarias. Porque, aparentemente, hay un tren. Y hay que subirse antes de que pase. Nadie sabe muy bien hacia dónde va, cuánto cuesta el billete o si uno realmente quería hacer ese viaje, pero todo el mundo parece preocupado porque no lo pierdas.

Este año, además, la pregunta llegó con nombre propio. Santiago. Mi primito de siete años pasó dos semanas conmigo este verano. Dos semanas en las que jugué a ser el adulto responsable, pero de verdad. No solo durante una tarde de cine, una pijamada o unas horas de diversión antes de devolverlo a sus padres alimentado, entretenido y, con suerte, entero.

Dos semanas. Una muestra pequeña, amable y cuidadosamente delimitada de todas las cosas de las que una madre tiene que estar pendiente. Porque ser la prima cool es bastante fácil cuando uno aparece con entradas para un museo y desaparece antes de la crisis nocturna. Otra cosa es recordar el protector solar, la botella de agua, la ropa limpia, el desayuno, la hora del campamento, la cena, los dientes, el cuento, el sueño y, entre todo eso, intentar que un niño no se mate haciendo alguna maniobra que él considera perfectamente razonable.

Santiago es hijo de la hermana menor de mi mamá. Nos separan poco más de treinta años, así que nuestra relación se parece mucho más a la de una tía y un sobrino que a la de dos primos. También es el más pequeño de la familia. Ha crecido rodeado de adultos que lo observamos como si fuera un fenómeno natural: con fascinación, ternura y una atención probablemente excesiva.

Desde que supe de su existencia, estando al otro lado del mundo, se convirtió en el amor más puro y desinteresado que he sentido.

Cuando me enteré de que mi tía estaba embarazada, yo estaba en Grecia. A partir de ese momento, buena parte de mis planes tuvo un objetivo muy concreto: conseguir estar en Bogotá cuando él naciera. Lo logré.

Y no sé cómo explicarlo sin caer en una frase de taza, pero hay amores que llegan antes de conocer el rostro de la persona. Amores que no necesitan historia porque nacen con ella incorporada. Con Santi fue así.

Siempre he tenido debilidad por los niños. Me gusta entrar en sus espacios, escuchar su lógica, intentar entender su idioma cuando todavía está hecho de balbuceos, gestos y palabras inventadas. Me gusta mirar el mundo desde esa altura en la que todo parece enorme, urgente y sorprendente.

También creo en esa familia que uno va armando fuera de la sangre. En las amigas que se vuelven hermanas y en sus hijos, que terminan ocupando un lugar parecido al de los sobrinos. Quizá sea el amor que uno siente por sus madres desplazándose, ensanchándose, encontrando otra forma.

Tengo dibujos, fotografías, frases y recuerdos suyos guardados en uno de esos cajones de la memoria donde van las cosas importantes. Miranda, Venencia, Oliver, Felipe, Luke, Morgan, Zoe. Todos han sido espejos en los que me he mirado en distintos momentos de esta última década. Con ellos he vuelto a ser niña. Me he sentado en el suelo, he inventado historias, he negociado con monstruos imaginarios y he respondido preguntas para las que ningún adulto razonable está preparado.

También me han provocado unas ganas inmensas de ser madre. Y otras tantas veces, la decisión absoluta de no serlo jamás. Porque los niños tienen ese poder: pueden despertar el útero y desactivar la fantasía en una misma tarde.

Entonces vuelve la pregunta. ¿Quiero ser mamá? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Cómo?

Y cada respuesta abre cuatro preguntas nuevas. Ninguna es concluyente. Ninguna consigue quedarse quieta el tiempo suficiente como para convertirse en una certeza.

He pasado por momentos en los que quise ser madre y por otros en los que no. Cuando me casé, creo que estaba bastante instalada la idea de construir una familia de más de dos. Pero quizá el deseo no era tan grande. Nunca busqué serlo de manera consciente. Siempre podía esperar un poco más. Siempre había otro viaje, otro proyecto, otra mudanza, otro momento supuestamente mejor.

Luego dejé de estar en pareja y apareció la posibilidad de congelar óvulos. Guardar una opción para el futuro. Poner el deseo en pausa, como quien guarda un archivo para terminarlo después. Pero no quise hacerlo así.

No porque exista una única manera correcta de ser madre. No existe. Simplemente, aquella no se sentía como la mía.

Con Santiago, sin embargo, pasa algo distinto.

Creo que una parte de mis deseos maternales encuentra su cauce en él. En salir a explorar el mundo a través de sus ojos. En leer sobre educación y crianza mientras pienso en su cabecita. En imaginar aventuras futuras. En querer mostrarle las cosas que son importantes para mí, enseñarle un poco de mi manera de mirar la vida y, al mismo tiempo, dejar que él desordene esa mirada.

Quiero construir con él un vínculo fuerte. Crear pequeñas islas de tiempo en las que podamos reconocernos.

Porque, claro, cuando uno tiene una prima a la que le resulta más fácil hacer una maleta para cambiar de ciudad que decidir qué comprar en el supermercado, la cotidianidad no es precisamente el material más disponible para construir afecto.

Por eso intento construirlo de otra manera. Con presencia concentrada, con viajes, con rituales, con recuerdos que aguanten la distancia.

Este verano ha sido el periodo más largo que hemos compartido dentro de la burbuja de nuestro vínculo. Y la primera grieta apareció la misma noche en que llegamos a casa.

Yo venía de varias semanas bastante movidas y de un viaje largo. Estaba agotada. Santi, en cambio, como buen niño de siete años, parecía alimentarse de una fuente de energía inagotable y ligeramente ofensiva. Cuando se acercó la hora de dormir, empezó a extrañar a sus padres. Primero fue la nostalgia. Después llegaron las lágrimas y, finalmente, el deseo expresado con absoluta claridad: quería volver a Madrid.

Y yo no tenía ni idea de qué hacer.

Por lo general se me da bien acompañar sus emociones. Puedo sentarme a su lado, escucharlo e intentar ponerle palabras a lo que siente. Pero aquella noche no tenía la energía necesaria para sostener una tristeza que, de alguna manera, yo misma había provocado al traerlo conmigo.

No apareció en mí ninguna respuesta amorosa, adulta ni pedagógicamente admirable. Lo único que apareció fue el cansancio. Agradecí a todos los santos que mi mamá estuviera allí y pudiera llevárselo a dormir a su casa esa primera noche. Y mientras los veía marcharse, sentí alivio. Un alivio inmenso, seguido, por supuesto, de la correspondiente culpa.

Solo pude pensar: Esta es la primera noche. Lo que me espera.

No fue mi momento más maternal. Pero fue real.

Los días siguientes tuvimos que reconocernos en espacios y límites nuevos. Aprendí a observar sus tiempos, sus formas, su curiosidad, sus miedos. A agacharme —literal y metafóricamente— para intentar mirar el mundo desde la altura de sus ojos.

Me sorprendieron sus ocurrencias, su imaginación y esos análisis que no se le habrían ocurrido a ninguno de los adultos que estábamos alrededor. Los niños ven grietas por las que nosotros ya ni siquiera intentamos mirar.

Pero también entendí algo más.

Ser madre es agotador, agotador de verdad. No el agotamiento romántico que luego se convierte en una anécdota bonita para Instagram. Hablo de no terminar nunca. De sostener, anticipar, cuidar, decidir, repetir y volver a empezar. De estar disponible incluso cuando uno no tiene energía, paciencia ni ganas de ser una versión aceptable de sí mismo.

Es un trabajo de veinticuatro horas al día, siete días a la semana, atravesado por el amor, sí, pero también por el cansancio, la frustración, la culpa y el deseo ocasional de encerrarse en el baño durante quince minutos sin que nadie pregunte nada. Me quito el sombrero frente a todas las madres. Y frente a las que tienen más de un hijo, directamente me inclino.

Hoy, a mis 39 años, estoy en una de esas temporadas en las que creo que no quiero ser madre. Hay algo particularmente incómodo en no querer ser madre y, al mismo tiempo, sentir miedo de que llegue el día en que ya no pueda serlo. Parece una contradicción, pero no lo es. Una cosa es elegir cerrar una puerta y otra muy distinta escuchar cómo empieza a cerrarse sola.

Quizá no quiera cruzarla. Quizá nunca haya querido cruzarla del todo. Pero saber que podría dejar de estar disponible también provoca una especie de duelo. Uno extraño, difícil de explicar, porque ¿cómo se llora una vida que no se sabe si se deseaba?

No es un no rotundo, porque cada día estoy más convencida de que casi ningún no lo es. La vida cambia de opinión sin consultarnos. Se ríe de nuestros planes, nos mueve las piezas y luego se queda mirando qué hacemos con el nuevo tablero.

Pero, lo cierto es que hoy no quiero. Hoy me gusta mucho la vida que tengo. Me gustan la libertad de mis horarios, mi capacidad de movimiento y la posibilidad —por egoísta que pueda sonar— de pensar primero en mí. De no tener que poner el bienestar de otro ser humano por delante del mío todos los días.

Además del de mi gato. Que ya me parece una responsabilidad considerable.

Después de dos semanas con Santi, terminé agotada. Necesitaba silencio. Dormir. Dejar de negociar. No escuchar una pregunta que comenzara con “¿y por qué?” durante al menos cuarenta y ocho horas.

Pero en cuanto volvió a Madrid con sus padres, la casa se quedó demasiado quieta.

Y mi semana se sintió vacía. Me hicieron falta sus historias tan inverosímiles como interminables. Las negociaciones sobre cuántas páginas leer antes de dormir. La paz que me producía verlo dormido. Despertarlo a besos por la mañana y empezar juntos la rutina del día.

Me hicieron falta nuestros pequeños rituales. Las “pausas de hidratación”, que consistían en detenernos en alguna terraza a tomar algo de camino a casa después del campamento en la playa. Las escapadas al cine de verano. Sus preguntas. Su ruido. Su manera de ocuparlo todo. Santi es, sin duda, mi cita preferida. Y una de las mejores formas que conozco de invertir el tiempo.

Quizá nunca sea madre.

Quizá mi aportación a este mundo no sea traer a otro ser humano. Y eso también puede estar bien.

Quiero creer que existen muchas formas de maternar. Que no todas pasan por el embarazo, el parto o la convivencia diaria. Que también se puede maternar acompañando, cuidando, enseñando, escuchando y construyendo lugares seguros para otros.

Quizá la mía sea una maternidad a la distancia, ejercida desde mi papel de prima cool. Esa que aparece con libros, planes extraños, viajes y alguna idea que probablemente sus padres tendrán que aprobar primero.

Quizá materno cuando sostengo a mis amigas dentro de sus propias maternidades. Cuando las escucho sin juzgar. Cuando entiendo que amar a los hijos no elimina el cansancio, la rabia, la ambivalencia ni las ganas de salir corriendo de vez en cuando.

O quizá no necesito llamar maternidad a todo lo que cuido y amo.

No lo sé.

Y tal vez esa sea la respuesta más honesta que tengo hoy.

La fiesta astral del 12 de agosto me dejó más preguntas que respuestas. A lo mejor ese fue el regalo. No una revelación ni una certeza escrita en las estrellas, sino la posibilidad de mirar esta pregunta sin obligarme a resolverla todavía.

A los 39 no sé si quiero ser madre. No sé si algún día querré serlo, si la vida decidirá antes que yo o si terminaré descubriendo que mi forma de cuidar siempre estuvo en otra parte.

Sé que me gusta la vida que tengo. Sé que amo profundamente a un niño que no es mi hijo. Sé que después de dos semanas a su lado necesitaba silencio y que, apenas se fue, empecé a extrañarlo.

Todo eso es verdad al mismo tiempo.

Por ahora, la puerta sigue ahí. No sé si estoy delante de ella porque quiero entrar o porque todavía no estoy preparada para verla cerrarse.

Así que no voy a cruzarla. Tampoco voy a cerrarla. Voy a quedarme un rato más de este lado, viviendo la vida que sí elegí, mientras cuento los días para volver a ver a Santi.

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