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La banda sonora de una vida
Hay canciones que no solo se escuchan: nos devuelven a una edad, a una ciudad, a una persona o a una versión de nosotros mismos que creíamos guardada en algún rincón de la memoria. Este texto es un recorrido por esas músicas prestadas, heredadas, dedicadas o encontradas por accidente, que terminan convirtiéndose en la banda sonora íntima, ecléctica y un poco desordenada de una vida.
Todos vivimos nuestra propia historia. Vamos escribiéndola capítulo a capítulo mientras caminamos, soñamos, construimos y, por supuesto, también nos equivocamos. Porque una vida sin equivocaciones sería sospechosa, como una biblioteca sin libros subrayados o una playlist sin un placer culposo.
Y es imposible que nuestra historia no atraviese todas esas otras historias que llegan a nuestras manos. Por eso se dice que nadie lee el mismo libro dos veces: porque cada nueva lectura está atravesada por la persona que somos en ese momento. No lee igual quien acaba de enamorarse que quien viene de una despedida. No lee igual quien está empezando de cero que quien, por fin, aprendió a quedarse. Y, al mismo tiempo, son muchos de esos libros los que van ayudando a moldear a la persona en la que nos vamos convirtiendo.
Con las artes escénicas pasa algo parecido. El teatro, el cine, la danza: todas nos permiten ver la vida desde otros cuerpos. Aunque, claro, ahí la cara de los personajes ya la puso alguien más. Alguien decidió por nosotros cómo mira una mujer abandonada, cómo camina un héroe cansado o cómo se sienta un señor que acaba de perderlo todo.
Pero con la música pasa algo distinto.
La música tiene esa capacidad descarada de meterse en nuestra vida sin pedir permiso. Nos apropiamos de las canciones como si hubieran sido escritas para nosotros. Las aprendemos de memoria, las dedicamos, las bailamos, las lloramos, las escuchamos en loop hasta volver locos a nuestros vecinos o a cualquier persona emocionalmente estable que viva cerca. Y a veces, incluso, viajamos para escuchar en vivo a esos intérpretes, esos magos que, sin conocernos, tuvieron la osadía de ponerle voz y melodía a nuestros sentimientos.
La música se va convirtiendo, sin que nos demos cuenta, en la banda sonora de nuestra vida. Tenemos canciones para cada momento, artistas para cada versión de nosotros mismos, ritmos que nos acompañaron en mudanzas, duelos, fiestas, aeropuertos, cocinas, camas ajenas, buses interminables y domingos con resaca moral.
Y eso, de alguna manera, también nos define socialmente. No es lo mismo decir “me gusta el flamenco” que “yo soy más de reguetón viejo”, ni produce el mismo efecto confesar amor por Silvio Rodríguez que por Shakira o C. Tangana. La música también ha creado tribus, estéticas, peinados, chaquetas, poses, amores imposibles y alguna que otra discusión innecesaria en cenas donde alguien dijo, con demasiada seguridad, que “eso no es música”.
Pero precisamente porque sentimos la música tan nuestra, cuando volvemos a escuchar una canción sucede algo misterioso. Nuestro presente la atraviesa, sí, pero ella también tiene el poder de devolvernos a un lugar exacto. A una edad. A una ciudad. A una persona. A una versión de nosotros que tal vez ya no existe, pero que aparece apenas suena el primer acorde.
La música es, quizás, la máquina del tiempo más eficiente que hemos inventado. No necesita cables, fórmulas cuánticas ni científicos despeinados. Basta una canción para volver a una playa, a una casa, a una despedida, a un amor de verano o a una tristeza que creíamos superada y que, claramente, solo estaba tomando café en una esquina de la memoria.
Hoy puedo ver que la banda sonora de mi vida ha sido profundamente variada. Y no me considero melómana, para nada. No soy de esas personas que saben el año exacto de cada disco, el productor de cada álbum o la genealogía secreta de un acorde. Mi relación con la música es menos académica y más biográfica. Más emocional. Más de piel, de contexto, de accidente feliz.
Porque distintos géneros han ido atravesando las diferentes versiones que he sido. La adolescente. La viajera. La enamorada ridícula. La recién llegada. La que se fue. La que volvió. La que bailó para no llorar. La que lloró escuchando algo que, en teoría, era para bailar.
A veces uno no elige del todo su banda sonora. A veces la hereda, la recibe prestada, la aprende por insistencia o por amor. Hay canciones que llegaron por mi mamá, otras por uno que otro amor, otras por una casa ajena, por un país, por una amistad o por una despedida. También hay vallenatos que uno cantó a todo pulmón con una tía en algún viaje por carretera, y que todavía tienen olor a curva, ventana abierta y familia.
Hace unos días, la muerte del Indio Solari me hizo pensar en todo esto. Aunque nunca logré entender del todo el fenómeno cultural que representaba para más de una generación en Argentina, yo tengo mi propia versión de cómo una de sus canciones llegó a atravesarme el corazón.
No fue en un estadio lleno, ni en una misa ricotera, ni en medio de una multitud cantando como si estuviera invocando a un dios pagano del rock. Fue en un bus de Baños a Guayaquil, escuchando: “Y mientras tanto el sol se muere… / y no parece importarnos…”. Durante un par de meses seguí escuchando esa canción sin tener idea del fenómeno nacional que era su autor. Para mí, en ese momento, no era un ícono argentino. Era simplemente la evocación de un amor de verano.
Meses después, ya en Argentina, entendí un poco mejor el furor que producía en su público. Vi esa devoción casi religiosa, esa liturgia colectiva, esa forma de pertenencia que parecía incomprensible para cualquiera que no hubiera nacido dentro de ese código. Intenté entenderlo. Incluso intenté contagiarme. Pero nunca terminó de conquistarme del todo. En cambio, esa canción nunca perdió su poder: todavía puede devolverme, sin escalas, a las playas ecuatorianas.
Algo parecido me pasó con Extremoduro. No soy punk, ni experta en rock urbano español, ni pretendo aparecer ahora como una conocedora del género con cara de haber leído todos los manifiestos contraculturales de los noventa. Pero en mi adolescencia tuve un crush por un amigo baterista que tenía una banda y hacía covers de Extremoduro y de otros tantos grupos. Fueron tantas tardes escuchándolos ensayar que, a fuerza de repetición y de enamoramiento mal disimulado, esas canciones se fueron instalando en mi memoria.
Muchísimos años después, recordando aquel amor que nunca fue, pude apreciar de verdad sus letras magníficas y enamorarme —esta vez con más criterio y menos drama adolescente— de la voz ronca e inconfundible de Robe.
Lo mismo me sucede con Silvio Rodríguez, que fue banda sonora de gran parte de mi adolescencia, con esa mezcla de hogar, nostalgia y revolución íntima que tienen algunas canciones. O con el flamenco, que cada vez que lo escucho siento que se me mete en la piel y me hace vibrar, no sin antes recordarme a mi host mom en California, que tomaba clases de flamenco todas las semanas mientras yo intentaba entender mi vida de au pair entre cafés, autopistas y descubrimientos personales.
También están The Beatles y Guns N’ Roses, que inevitablemente me llevan a mi mamá: al cuadro gigante de los primeros, a las noches interminables en las que solo éramos ella y yo escuchando música cuando yo era niña. Hay canciones que no pertenecen a una época, sino a una persona. Y cuando suenan, esa persona entra a la habitación aunque esté lejos, aunque haya pasado el tiempo, aunque uno ya no sea exactamente el mismo.
Quizás por eso prefiero el cuarteto antes que la cumbia argentina: porque alguna vez alguien me dedicó una canción de Rodrigo y, bueno, uno tiene sus debilidades afectivas. O quizás por eso antes me gustaban algunas canciones de Shakira, pero no fue hasta su último álbum que sentí que cada tema había sido escrito para acompañarme en uno de esos momentos de transición en los que uno no sabe si está sanando, vengándose o simplemente aprendiendo a bailar con dignidad después del naufragio.
Y luego están los conciertos, las canciones dedicadas, las sonrisas, las lágrimas, los mensajes enviados de madrugada con un link de YouTube como quien entrega un órgano vital. Están Drexler, Santiago Cruz, Charly García, Bomba Estéreo, The xx, La Roux, Thieves like us, Depeche Mode, Facundo Cabral, Totó la Momposina, Zoé, Carla Morrison, Queen, Pink Floyd, Natalia Lafourcade, Joaquín Sabina, Alex Serra, Tomatito, Divididos, C. Tangana y tantos otros.
Tan distintos. Tan opuestos entre sí. Tan improbables dentro de una misma playlist.
Pero tal vez ahí está precisamente la cuestión.
La vida está hecha de momentos muy diferentes. De ciudades que no se parecen. De personas que llegan por un rato y de otras que se quedan a vivir en algún rincón de la memoria. De versiones nuestras que ya no reconocemos del todo, pero a las que les debemos algo. De amores pasajeros, amistades eternas, trabajos absurdos, casas prestadas, cocinas compartidas, despedidas en aeropuertos y domingos donde una canción puede salvarnos de nosotros mismos.
Por eso, al menos en mi caso, sería imposible que la banda sonora de mi vida no fuera una mezcla ecléctica, un poco desordenada, emocionalmente sospechosa y profundamente honesta. Una playlist hecha de todas las personas que he sido y de todas las que todavía estoy intentando ser.
Gracias a la música. Y gracias a los artistas que, con sus propias vidas, sus heridas, sus obsesiones y esa capacidad magnífica de convertirlo todo en canción, han acompañado la escritura de tantos capítulos de la mía.
Porque al final, quizás eso somos también: una historia en construcción, sí, pero con música de fondo. Una suma de capítulos, accidentes, amores, ciudades y canciones que, aunque pasen los años, todavía saben exactamente dónde encontrarnos.