Mi Blog

Este no era el plan (pero ojalá se repita)
A veces el plan falla. Y otras veces, el no-plan se convierte en una historia que todavía te hace sonreír sola en el metro. Este texto es sobre una noche que no iba a ser nada, pero fue todo. Sobre un bar con nombre perfecto, una despedida sin drama, y un amor que supo ser breve y brutalmente hermoso. Un brindis por los besos que no estaban en la agenda.
No era el plan. Ni el bar, ni la noche, ni la persona.
Pero así empiezan —o terminan— muchas de las mejores historias: con un malentendido, una confesión susurrada y un beso que no pediste, pero aceptaste porque, bueno… no ibas a decirle que no a alguien que te miraba con esos ojitos que expresaban entre ternura y deseo, ¿verdad?
Este no era el plan también es el nombre de un bar en el Barrio de las Letras de Madrid. Aplausos para quien se inventó esa jugada de marketing, porque el nombre se te queda pegado como canción de verano. Es pequeño, oscuro, con buena música, una camarera encantadora y una carta diseñada por alguien que claramente ha tenido varias charlas íntimas con la Parca. “Tragos para inmortales”, los llaman. Una mezcla de cerveza con whiskey, tequila, ron y un ligero arrepentimiento al fondo del paladar.
Y ahí estaba yo: con mi vestido marrón de “no me importa pero sí me importa”, y la cámara del móvil capturando mi cara justo antes de entender que esa sería la última noche.
Porque sí: “Este no era el plan” fue también el escenario final de un amor de verano que tampoco fue el plan, pero que se vivió como si alguien nos hubiese advertido que el mundo se acabaría el lunes.
Hay algo profundamente liberador en esos amores con fecha de caducidad. No hay tiempo para juegos ni excusas. No hay “te escribo mañana”, porque mañana tal vez uno ya esté volando a otra vida. En ese margen breve y brutal se vive un amor más puro, más torpe, más urgente: con intensidad. Con lengua, con piel, con ojos cerrados y promesas que sabemos que no vamos a cumplir, pero igual decimos en voz baja, por si algún dios distraído las escucha.
Y entonces pienso: ¿Qué haríamos si, como los tragos de aquel bar, fuéramos inmortales?
¿Seguiríamos besando con hambre? ¿O empezaríamos a guardar las pasiones como quien guarda los zapatos caros para una ocasión especial? Si no hubiera riesgo, ¿valdría tanto la pena?
Porque tal vez —solo tal vez— lo que le da sabor al vino es saber que la botella no dura para siempre.
Nos la pasamos hablando del presente como si fuera un mantra, y no un concepto que se nos escapa entre los dedos cada vez que intentamos atraparlo. Pero la verdad —al menos para mí— es que solo he vivido de verdad el presente cuando sabía exactamente cuándo se iba a terminar. Como un concierto. Como un viaje. Como esos romances que nacen bajo el calor y mueren con el primer viento frío. A eso le llamamos “amor de verano”, aunque puede pasar en pleno enero o un martes lluvioso de abril.
Buscando de dónde venía el término —porque soy así, una romántica con Google— encontré una definición tan precisa que me dieron ganas de tatuármela en el muslo:
Como los fuegos artificiales. Como el helado antes de que se derrita. Como él.
Y no, no fue mi primer amor de verano. Pero hacía tanto que no tenía uno que ya se me había olvidado cómo se sentía. Pasé casi una década casada —una forma elegante de decir “fuera del juego y con el chándal puesto”. Hace casi dos años volví a la soltería, y desde entonces he tenido citas que van desde lo anecdótico hasta lo olvidable, con algún que otro intento fallido de relación donde fingí ser la mejor versión de mí misma: más tranquila, más sonriente, más comprensiva, menos vulnerable, menos bulliciosa.
Pero esto… Esto fue otra cosa. Esto fue risa sincera, chistes espontáneos y palabras inapropiadas. Yo tomaba cervezas mientras él pedía tinto de verano. Esto fue mi piel erizándose al recordar cómo me miraba después del tercer beso (o el cuarto, o acaso ya quién lleva la cuenta). Bailar sin música en la terraza de algún edificio de Madrid, con la ciudad iluminando nuestra escena improvisada. Reír hasta que me doliera la panza. Besar hasta lastimarme los labios. Y suspirar —aún sin entender bien por qué— cuando se fue.
Y si alguien me pregunta, hoy, con el corazón medio lleno y el vaso medio vacío, tengo una certeza que no pienso discutir con nadie:
Todos deberíamos tener un amor de verano.
O dos.
O tres, si nos da la vida.
Porque aunque no sean el plan… a veces son justo lo que necesitábamos.