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El amor eterno y otras películas de ciencia ficción
El amor eterno debería estar clasificado como ciencia ficción. Nos lo vendieron junto con las películas de princesas, el paquete “para siempre” incluido en el precio. Y claro, uno va y se lo cree… hasta que el guion se rompe y la magia se esfuma más rápido que el WiFi en el baño.
Hubo un tiempo en mi vida —y cuando digo “tiempo” hablo de años, no de ese finde en que uno se siente filósofa porque leyó dos frases de autoayuda en Instagram— en el que juré que era una persona muy afortunada. No me malinterpreten, sigo creyendo que mi vida es un espectáculo, versión tragicómica, con mucha más fortuna que desgracia. Pero esto que voy a contar va en otro nivel, digamos: capítulo de un libro que podría titularse Magia pura. El momento en que me convencí de que Cupido se había fumado algo potente y había decidido hacerme protagonista de su experimento favorito.
Capítulo 1: nos conocimos en Ecuador y viajamos juntos una semana. ¿Expectativas? Ninguna. ¿Chispa? Demasiada, como para incendiar un pueblo entero. ¿Conversaciones absurdas que parecían guion de serie mala? Algunas.
Capítulo 2: cuatro meses de chat transnacional. Nada serio, nada formal, pura palabrería con emojis.
Capítulo 3: yo, ridícula y romántica, buscando un posgrado en el fin del mundo para justificar lo injustificable: que en realidad quería correr detrás del amor.
Capítulo 4: él me recoge en el aeropuerto y me lleva a su departamento de típico soltero, que de la noche a la mañana se convierte en nuestro nido de amor. Dos años así, jugando a la casita feliz.
Capítulo 5: qué te digo… 2 de los mejores años de mi vida. Viajes, anillos, promesas, bodas, besos en aeropuertos y esas mierditas cinematográficas que Disney y Hollywood nos venden como “amor eterno”. ¿Eterno? Sí, igualito que un plan de datos en prepago: se acaba cuando menos te lo esperas.
Capítulo 6: años bonitos, normales, llenos de altibajos, peleas por idioteces domésticas (jamás un drama digno de Netflix) y reconciliaciones que terminaban en cama. La vida en pareja, esa cosa que te venden como plan de pensiones emocional.
Capítulo 7: el amor, señoras y señores, tiene fecha de vencimiento. Lo nuestro caducó. Punto. Final. Archivo adjunto: recuerdos.
Ahora, no me juzguen, pero yo hice la tarea como buena nerd del romance: calculé probabilidades. ¡Piensen! Un encuentro en un pueblo perdido, en un país que ninguno de los dos tenía en el radar, viniendo de historias y geografías distintas, para luego escribir una década juntos. ¿No era obvio que éramos destino? Spoiler: no. Era azar disfrazado de destino, como ese billete de lotería que no gana pero te ilusiona igual.
Y lo más tragicómico de todo: él sí volvió a enamorarse. Sí, él. El que decía que nunca más en su vida tendría pareja, el que juraba que la monogamia era una cárcel, el que filosofaba que el amor era un invento capitalista para vender anillos. Ese mismo ahora anda construyendo algo serio, como si le hubieran dado una segunda oportunidad en la rifa del universo. Y yo, mientras tanto, masticando el polvo de la ironía, convencida de que nuestra historia era “única” cuando en realidad parece un capítulo repetido en la telenovela de la vida. Me quito el sombrero frente a quienes tienen ese talento —y esa maldita sabiduría— para pasar página.
Durante años me aferré a la idea de que lo nuestro había sido mágico. Y sí, fue mágico, como un truco barato de feria: te deslumbra mientras dura, pero al final descubres que mucho era humo, espejitos y un conejo medio muerto dentro del sombrero.
Y ahí estaba yo, la protagonista de una comedia romántica que se convirtió en drama sin avisar. Dos años después de cerrar esa novela, todavía me sorprendo secándome lágrimas tontas, de esas que se escapan en la ducha o cuando escucho una canción demasiado obvia. Sí, me he divertido, no me he negado placeres carnales ni sonrisas ajenas. Pero nadie me ha vuelto a sacudir las entrañas al punto de hacerme brincar como idiota al ver su nombre en la pantalla del teléfono.
Y aquí lo confieso: extraño esas cosquillas en el estómago, esa droga natural que te convierte en una versión ridículamente optimista de ti misma. Extraño sentir que era capaz de conquistar el mundo con un beso como gasolina.
¿Lo volveré a sentir? Ni idea. Quizás lo mío sí fue especial. O quizás solo soy una romántica testaruda que todavía cree que la magia existe aunque ya sepa que no es eterna.
Pero joder, si alguien me preguntara qué deseo ahora mismo, aunque es muy probable que mañana cambie de opinión, lo diría sin pestañear: quiero volver a brincar como adolescente estúpida cuando suena el teléfono. Quiero cosquillas. Quiero magia. Aunque sé que, como todo, también se acaba.
No me malentiendan, me alegra mucho que sea feliz, y de corazón espero que esta vez puedan comer perdices y ser felices para siempre. Pero debo confesar que aquí sale mi Sol en Leo: ¿por qué tenía que volverse a enamorar antes que yo? ¡Qué falta de respeto! jajaja (lo digo en broma… pero solo a medias).