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Donde suena una salsa, algo vuelve a su lugar

Donde suena una salsa, algo vuelve a su lugar

Miércoles, Julio 15, 2026

Hay canciones que no solo se escuchan: nos devuelven al cuerpo, a la casa, a la infancia, a las amigas, al país que llevamos escondido en las caderas. Este texto habla de salsa, pero también de amistad, familia, memoria y de esas pistas de baile donde, por un instante, todo vuelve a tener ritmo.

Mis grandes amigas las cuento con los dedos de una mano. Y no, no es que me falte vida social —bueno, a veces sí, pero ese es otro texto—. Es que con los años uno entiende que las amigas de verdad son pocas, poderosas y resistentes a todo: a la distancia, a los cambios de país, a los horarios imposibles, a los novios equivocados, a las crisis existenciales y hasta a los audios de siete minutos. Y debido a que mi vida adulta ha estado marcada por el movimiento constante, esas amigas están esparcidas por varios países.

No nos vemos tanto como quisiéramos. No compartimos la rutina, ni el café de cualquier jueves, ni la posibilidad sencilla de aparecer sin aviso en la puerta de la otra. Pero hay amistades que no necesitan presencia diaria para seguir respirando. Cada vez que nos reencontramos, el vínculo está ahí, intacto, como una canción que vuelve a sonar y uno descubre que todavía se sabe la letra completa.

Hoy quiero hablar especialmente de dos de ellas. Ambas colombianas, ambas bogotanas, ambas dueñas legítimas de un pedacito de mi corazón. En épocas distintas de mi vida, las dos han sido mis cómplices en encontrar en la salsa y en el movimiento de caderas un refugio terapéutico. Pero no la salsa como simple música de fondo. No la salsa decorativa, puesta para ambientar una fiesta. Hablo de la salsa como refugio, como idioma secreto, como casa portátil. Hablo de esa música que entra por los oídos, baja por la columna, despierta las caderas y le recuerda al cuerpo que todavía está vivo. Hablo de ese lugar donde duelen los pies, pero no importa; donde el calor se vuelve parte del rito; donde el sudor de todos se mezcla en una fraternidad tropical y anónima.

En la pista, el mundo se simplifica. No importan los títulos, los países, las edades, los cuerpos, los acentos ni los intentos de belleza. En la pista importa el ritmo. Importa la escucha. Importa saber llevar y dejarse llevar. Importa entender que el baile, como la amistad, no se trata de dominar al otro, sino de encontrar un pulso común.

Porque en Colombia, cuando uno sale a bailar salsa, sale a bailar. No sale a esperar que alguien lo conquiste con una frase ensayada ni que se le lancen encima como felinos en cacería queriendo robarle un beso. Aquí la cosa es diferente. Aquí se viene a coger el son, a seguir el paso, a perderlo y recuperarlo con dignidad. A dar vueltas, a reírse, a sudar, a cantar el coro a todo pulmón sin dejar de moverse. Porque hay canciones que no se escuchan sentado. Hay canciones que le piden al cuerpo una respuesta.

Mis amigas bailan mejor que yo. Lo digo con admiración, no con drama. Bailan con más técnica, más elegancia, más dulzura. Yo bailo con una mezcla de entusiasmo, instinto y fe. Fe en que el cuerpo sabrá encontrar el camino. Fe en que una vuelta mal dada también puede terminar en risa. Fe en que no todo lo bello tiene que ser perfecto. Pero, sobre todo, con la convicción inexplicable de que, si sonrío lo suficiente, nadie notará si me equivoco. Nada de eso importa, porque cuando estamos juntas en la pista lo que hay es risa, complicidad y esa felicidad rara de sentir que el cuerpo también tiene memoria.

La semana pasada estuve visitando a una de ellas en Tulum. Por motivos logísticos, el viaje había sido largo: cinco horas en tren, diez en avión y dos más conduciendo hasta llegar a destino. Mi mente y mi cuerpo estaban agotados. Mi cuerpo pedía cama. Mi alma pedía ducha. Mi cerebro pedía silencio. Yo quería llegar, bañarme y dormir como señora responsable.

Pero entonces Camila, con esa calma peligrosa de las amigas que saben exactamente qué botón apretar, dijo:

—Hoy hay salsa en vivo.

Y así. Se acabó la señora responsable. Se murió el plan de dormir. Se canceló la prudencia.

Algo se activó en mí. Como si la palabra salsa tuviera un poder secreto. Como si la trompeta me hubiera llamado desde algún lugar de la selva mexicana. Cuarenta minutos después de esa llamada, en lugar de estar en pijama y con cara de cansancio, yo estaba en medio de una noche calurosa de verano en Tulum, bailando con una sonrisa enorme. Como si el cuerpo no acabara de cruzar medio mundo. Como si el cansancio fuera un invento europeo y como si la humedad de Tulum no estuviera haciendo conmigo lo que le daba la gana.

De las siete noches que estuve de visita, salimos a bailar cuatro. Y, para ser honesta, no me habría molestado que fueran más.

Hace poco caí en la cuenta de que la salsa, seguramente de forma inconsciente, me lleva a casa. O me hace sentir en casa, que no siempre es lo mismo, pero a veces se parece mucho. Amo bailar en general, pero cuando suena una buena salsa algo se enciende en mí. Es como si se activara una memoria corporal, una alegría antigua, una dopamina tropical que me recorre entera.

Por supuesto, El Gran Combo, Héctor Lavoe y Rubén Blades son territorios universales: sus canciones han viajado más que muchos pasaportes. Pero cuando suenan Grupo Niche, Guayacán o Joe Arroyo, mi cuerpo reconoce una raíz más íntima. Una raíz con olor a fiesta, a cocina, a sala llena, a domingo largo, a gente cantando sin pedir permiso. Entonces aparece un patriotismo suave, casi secreto, pero poderoso. De pronto soy más colombiana que nunca. No desde la bandera solemne, sino desde la alegría. Desde el coro cantado entre vueltas. Desde la certeza de que hay músicas que explican mejor un país que cualquier discurso.

Y quizá por eso la salsa no me pertenece solo a mí: viene de antes, de una memoria familiar que aprendí sin darme cuenta.

La salsa también me recuerda a las mujeres de mi familia. Me recuerda a mi mamá, porque en una casa salsera la música no se reserva para la noche ni para las pistas de baile. La música llena las salas, las cocinas, las fiestas, los domingos, las limpiezas, las conversaciones. La salsa se baila, se canta, se escucha, se habita, pero sobre todo se siente.

También me recuerda a mis dos padres. Con mi papá tengo recuerdos hermosos bailando salsa ya de adulta, encontrándonos desde un lugar donde no hacía falta explicar demasiado. Y con Javi, el papá de mi hermanita, cuando yo era niña, la salsa entraba en la casa como una corriente de alegría. Él me enseñaba a bailar y llenaba el ambiente con música y canto. En ese momento yo no lo sabía, pero estaba aprendiendo algo más que pasos. Estaba aprendiendo pertenencia.

La salsa ha sido una forma de reconocerme. De tender puentes con desconocidos y también de entender qué cosas me hacen sentir distinta. Nunca he tomado clases de baile. No tengo un momento exacto en la memoria en el que pueda decir: ahí aprendí. En mi caso, aprender a bailar pasó en el cotidiano, como se aprende en muchas casas: mirando, copiando, equivocándome, riéndome y dejándome corregir. Con amigas del colegio, con hermanos mayores que enseñaban después de clase, en fiestas, en navidades, en salas donde se movían los muebles para abrir espacio. Incluso antes de saber bailar, aprendimos a escuchar. A sentir el ritmo. A entender que el cuerpo también tiene oído.

No soy experta, pero algo me muevo. Viajando, me ha tocado enfrentarme a otros mundos salseros. He tenido que aprender a reconocer mi manera de bailar y también a desaprender. He bailado con personas que sí han tomado clases, que cuentan los tiempos exactos, que saben los nombres técnicos y que diferencian estilos con una precisión casi científica. Y aunque respeto profundamente esa técnica, también he aprendido que el baile no vive solo en el conteo. Vive en la conexión, en la entrega, en la capacidad de dejarse llevar. Que una cosa es contar el ritmo y otra cosa es tenerlo instalado en la sangre.

Recuerdo una vez, en Buenos Aires, cuando un hombre con quien bailaba me dijo que en el piso de arriba estaba la sala para principiantes. Sentí una indignación difícil de explicar. Porque, para mí, muchos allí sabían contar, pero no necesariamente escuchar. Y la salsa, antes que matemática, es latido.

Desde entonces, cuando bailo en lugares nuevos, suelo advertir que no sé bailar. Lo digo con humildad y un poquito de estrategia. Después dejo que el ritmo fluya, que la conexión aparezca, que el cuerpo encuentre su lugar. Con el tiempo he aprendido a disfrutar incluso el error: la vuelta que no salió, el paso atravesado, la risa que aparece cuando uno pierde el control.

Y, sin embargo, cuando en una pista de baile, en cualquier lugar del mundo, me encuentro de forma inesperada con otro colombiano, algo cambia de inmediato. No hace falta explicar demasiado. Hay una manera de entrar al ritmo, de marcar el paso, de entender el cuerpo del otro sin traducción de por medio. Es como hablar el mismo idioma sin abrir la boca. Como si, por un momento, la música hiciera de pasaporte, de acento y de patria compartida.

Y no ha pasado solo con colombianos. A veces la salsa ha aparecido en mi camino en los lugares más inesperados, casi como si me encontrara ella a mí. Una vez, en pleno centro de Moscú, en el Parque Gorki, me topé con una banda de salsa y gente bailando al aire libre, como si el Caribe hubiera decidido instalarse por unas horas en Rusia. También me pasó más de una vez en Islands Brygge, en Copenhague; algunos domingos en bares de California; o frente al mar, en la playa de La Concha, en San Sebastián. Sin buscarla demasiado, la salsa fue apareciendo en ciudades, playas y rincones remotos como un punto común. Como una pequeña prueba de que, incluso lejos de casa, siempre puede haber un ritmo capaz de reunirnos. 

Así como en Bogotá los fines de semana con Majo en Son Salomé se convirtieron en ritual, en Tulum los martes con Cami en Palma Central fueron ritual, terapia y rescate emocional.

Con Majo, la salsa tenía otro clima: el de Bogotá, el de los fines de semana que empezaban como una salida cualquiera y terminaban convertidos en ceremonia. Son Salomé fue muchas veces nuestro pequeño templo salsero, ese lugar donde uno podía llegar cargando la semana entera y salir con los pies destruidos, pero el alma bastante más liviana.

Con Cami, en cambio, muchos de esos martes en Tulum me salvaron un poco. Me sacaron de tristezas profundas, me hicieron reír hasta que me doliera la panza y bailar bajo la lluvia como si la vida, por un rato, dejara de pesar.

En mi caso, la salsa es parte de mi identidad. Es refugio y libertad. Es amistad, familia, memoria, país y cuerpo. Es una forma de volver a mí. Por eso, cada vez que me encuentro con alguna de estas dos mujeres, una de las primeras cosas que pienso es dónde podemos ir a bailar. Porque con ellas la salsa no es solo música. Es una forma de decirnos que seguimos aquí. Que nos seguimos eligiendo. Que aunque la vida nos haya puesto lejos, todavía hay una canción capaz de reunirnos.

Porque con ellas no solo bailo salsa. Con ellas vuelvo a casa. Y entonces, aunque estemos lejos de Bogotá, aunque la vida nos haya puesto en ciudades distintas y aunque al día siguiente duelan los pies, basta con que suene una trompeta, entre el piano y alguien cante el coro correcto para que el mundo, por un instante, vuelva a tener ritmo.

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