Mi Blog

Desempacar la maleta

Desempacar la maleta

Sábado, Mayo 2, 2026

Hay lugares que se habitan por un tiempo y otros que, sin hacer demasiado ruido, empiezan a pedirnos raíz. Después de años entre países, ciudades, acentos y despedidas, aparece una pregunta inevitable: ¿dónde queda casa cuando uno ha aprendido a llevarla en la maleta?

Hay preguntas que parecen simples hasta que uno intenta responderlas.

“¿Ya te sientes en casa?”

La gente lo pregunta con curiosidad, a veces con ternura, como si casa fuera una dirección, una llave, un recibo de luz a tu nombre. Y a veces sí. Pero otras veces casa es una sensación mucho más esquiva. Algo que se parece al descanso, a la pertenencia, a poder dejar la maleta abierta sin sentir que estás de paso.

Otras veces me lo pregunto yo, en silencio, mientras miro una maleta a medio deshacer, una ventana nueva, una calle que todavía no sé nombrar como mía.

¿Me siento en casa? ¿Volví a casa? ¿Encontré un lugar al que pueda llamar así?

Los últimos años han tenido tanto movimiento —países, ciudades, idiomas, acentos, despedidas, aeropuertos, mudanzas hechas con la fe de quien mete una vida entera en dos maletas— que a veces me cuesta reconocerlos como propios. Y, sin embargo, son tan míos que los llevo dentro. Como los sellos del pasaporte, pero en versión alma.

Entonces me pregunto: ¿Qué es estar en casa?

Y para intentar responderlo, inevitablemente vuelvo al primer lugar que tuvo ese nombre.

Bogotá fue mi casa desde que nací. Lo fue sin discusión, sin filosofía, sin tener que ponerlo en palabras. Era casa porque ahí estaba mi mamá, porque ahí estaban mis primeras versiones, porque ahí siempre existía la certeza de poder volver al nido, incluso después de haber salido a conocer el mundo con la curiosidad desbordada y las alas recién estrenadas.

Pero con el tiempo, Bogotá empezó a sentirse más lejos. El apego a mamá se fue compensando una vez al año en algún otro punto del mapa, donde nos encontrábamos como dos viajeras con el corazón bien entrenado en despedidas. Y entonces era yo quien le abría las puertas de mi casa. Una casa prestada, alquilada, temporal, pero casa al fin. Porque donde entra mamá con una maleta y una sonrisa, algo se acomoda.

Después de Bogotá, cuando se abrieron las alas y empecé a volar, cuando el paisaje cambiaba cada tanto y nunca se sabía cuánto tiempo duraría en una ciudad, inevitablemente empecé a relacionar el hogar con una persona.

Durante casi una década, mi casa no respondió a una coordenada geográfica. No era una calle, ni un barrio, ni un código postal. Era alguien. Una variable constante entre tanto cambio. Una especie de brújula humana. Así que durante años no me hice demasiado la pregunta de dónde estaba mi casa, porque la respuesta venía conmigo.

O eso creía yo. Porque también hay que decirlo: uno a veces confunde hogar con permanencia, refugio con promesa, amor con esa arquitectura invisible que se construye entre dos y que, cuando se cae, no solo rompe una relación; también deja temblando las paredes internas de lo que uno llamaba vida.

Hasta que esa pieza, que parecía ser la columna vertebral de mi hogar, se rompió.

Y cuando se rompió, quedaron tantos pedazos esparcidos que al principio no supe por dónde empezar a unirlos. Durante un par de años, cada vez que intentaba responder preguntas que uno supuestamente debe tener claras como mujer adulta —qué quiero, dónde vivo, para dónde voy, qué hago con mi vida y por qué sigo comprando tiquetes como si fueran respuestas— volvía siempre la misma pregunta:

¿Dónde está mi casa? ¿Qué hace que un lugar sea mi casa? ¿Qué quiero que tenga mi casa? ¿Qué es, en realidad, un hogar?

Me sorprendí recordando las calles de ciudades que alguna vez fueron mías. Y casi sin planearlo, como quien vuelve sobre sus propios pasos buscando una pista, regresé a esos lugares. Algunos por días, otros por meses. Los volví a habitar, los volví a querer, los volví a hacer casa por un rato.

Pero por si acaso, no terminaba de desempacar la maleta.

Siempre había algo listo para salir. Un vestido doblado con sospechosa practicidad. Un neceser en modo emergencia. Una parte de mí esperando que los planes cambiaran, que apareciera una nueva oportunidad, que el destino hiciera alguna de sus piruetas dramáticas y me dijera: “empaca, reina, que nos vamos”.

Y sí, una parte de mí también esperaba que siempre apareciera algo mejor. Porque cuando uno ha vivido mucho tiempo en movimiento, quedarse puede sentirse menos como una decisión y más como una renuncia. Como si elegir un lugar implicara traicionar todos los otros posibles. En ocasiones, es agotador vivir con el menú completo de la vida abierto todo el tiempo. Ni en restaurante caro se sufre tanto escogiendo.

Además, cuando uno ha vivido en tantos lugares, parece que siempre tuviera que explicar de dónde viene, hacia dónde va, cuánto se queda, por qué se fue, por qué volvió. Como si cada conversación casual pudiera convertirse, sin previo aviso, en una pequeña declaración migratoria del alma.

Pero con el tiempo, cada vez que me preguntaba qué necesitaba para llamar hogar a un lugar, las respuestas empezaron a verse más claras.

Entendí que quiero sentirme en familia. Que, mientras se pueda, quiero vivir esos momentos cotidianos que parecen pequeños, pero al final son la vida entera: un café inesperado, una cena programada, una visita sin demasiada producción, una conversación que empieza en la cocina y termina arreglando el mundo.

Entendí que mi casa también es donde Chuy, mi gato, pueda estar bien. Porque hay decisiones de vida que se toman con el corazón, sí, pero también mirando si al gato le entra sol por la ventana. Y eso, honestamente, debería estar en cualquier manifiesto serio sobre la felicidad.

Entendí que quiero un lugar donde pueda crecer profesionalmente, experimentar, aprender, equivocarme, empezar cosas nuevas. Pero también un lugar donde la gente sepa vivir. Donde se pueda parar a respirar, contemplar el paisaje y no sentir que cada minuto no monetizado es una falla del sistema. Un lugar donde mirar el mar no sea perder el tiempo, sino recuperarlo.

Y esta semana he concluido algo más: tal vez lo que convierte un lugar en hogar no es encontrar la respuesta perfecta, sino atreverse a saltar.

Atreverse a quedarse.

Atreverse a desempacar la maleta por completo, incluso la parte emocional, que pesa más y no siempre pasa por la báscula del aeropuerto. Poner un par de cuadros. Cuidar algunas plantas. Comprar algo que no tendría sentido si te fueras en dos semanas. Volver a tener un restaurante favorito. Que la cajera del súper te reconozca porque vas todas las semanas. Tener rituales. Esos pequeños rituales que hacen que el día empiece más lindo y que la vida, de repente, tenga esquinas conocidas.

Quizás hogar es eso: dejar de evaluar el inmenso abanico de posibilidades y elegir construir. Decir que sí. No porque todo sea perfecto, sino porque algo dentro descansa. Porque uno empieza a reconocer el camino de vuelta. Porque hay una llave en el bolso que no se siente prestada.

Hoy, después de casi dos años y medio, estoy saltando a ese vacío. Con la angustia natural de cualquier salto, porque no nos vamos a hacer las espirituales iluminadas: saltar da miedo. Pero también con la paz profunda de sentir que tengo un lugar al cual volver.

Por ahí escuché que volver a empezar no es empezar de cero. Y hoy esa frase me abraza distinto. Porque no estoy empezando vacía. Estoy empezando con todo lo que he sido, con todas las ciudades que me han habitado, con todos los acentos que se me han pegado, con las despedidas que sobreviví, con las casas que fui armando y desarmando, con los pedazos que aprendí a recoger.

Ya veremos lo que este destino nos depara.

Por ahora, disfruto caminar en la playa, ver el mar desde la ventana de mi casa y estar un poquito más cerca de muchas personas que amo. Disfruto esa sensación rara y preciosa de abrir la puerta y sentir que algo en mí, por fin, deja la maleta en el suelo.

Y esta vez, quién sabe, hasta la desempaco completa.

Buscar