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¿De quién carajos me enamoro cuando me enamoro?

¿De quién carajos me enamoro cuando me enamoro?

Jueves, Julio 23, 2026

A veces no nos enamoramos de la persona que tenemos delante, sino del personaje que construimos con su cara, un par de datos y nuestras propias expectativas. Una reflexión con humor, deseo y autocrítica sobre las banderas rojas que ignoramos, las historias que inventamos y esa peligrosa costumbre de enamorarnos del potencial antes de conocer a la persona.

Al parecer, para enamorarme no necesito conocer demasiado a un hombre. A veces me basta con su cara, dos datos biográficos y una imaginación con exceso de presupuesto.

Hace un par de semanas fui con unas amigas a un festival en los Pirineos. Una de esas escapadas en las que uno espera encontrar música, naturaleza, cerveza y, con un poco de suerte, algún romance de montaña con fecha de caducidad.

Lo que no esperaba encontrarme aquella tarde era una obra de teatro callejero de Las XL.

Dos mujeres irreverentes, poderosas y prácticamente al desnudo —en todos los sentidos posibles— se subieron al escenario y, durante casi una hora, nos ofrecieron un espectáculo feminista cargado de humor, música y verdades. Algunas de ellas bastante incómodas.

Me reí durante gran parte de la obra. En otros momentos también me dolió la panza, pero no de la risa: me dolió de verme demasiado reflejada. De observar desde fuera tantas banderas rojas que, cuando uno las está viviendo, parecen simples elementos decorativos.

Porque a veces las señales están clarísimas. En rojo fluorescente. Con luces intermitentes y una sirena de evacuación sonando de fondo.

Pero uno decide pensar:

—Qué curioso su estilo de comunicación.

La obra hablaba de la presión constante que sentimos sobre nuestros cuerpos, de los patrones estéticos imposibles y de esa necesidad de ser elegidas una y otra vez. De recibir cariño, abrazos, besos, mensajes de buenos días y palabras de afirmación. Preferiblemente todo junto y sin tener que pedirlo, porque además de guapas debemos ser adivinas.

Queremos ser princesas, pero también mujeres empoderadas. Sexis, pero no demasiado disponibles. Rudas, proveedoras, independientes y feministas, aunque también tiernas, sensibles y vulnerables.

Queremos que nos cuiden, pero que nadie piense que necesitamos que nos cuiden.

Queremos poder con todo, pero que alguien se dé cuenta de que estamos cansadas.

Y así vamos, reconociéndonos en todos esos personajes y, al mismo tiempo, sintiendo que ninguno termina de representarnos.

Aquel encuentro inesperado con una obra tan disruptiva me removió muchas cosas. Sin embargo, hubo una escena que se quedó instalada en mi cabeza y que todavía hoy me hace preguntarme:

¿De quién carajos me enamoro cuando me enamoro?

En un momento del espectáculo, una de las actrices comenzó a interactuar con un hombre del público. Lo fue bombardeando con las preguntas típicas que hacemos cuando conocemos a alguien.

La conversación fue más o menos así:

—Tú, sí, tú, el de las gafas. ¿Cómo te llamas?

—Luis.

—Olive… Qué nombre tan bonito. ¿Y de dónde eres?

—De Navarra.

—¡De París! Qué hermoso es París. Siempre he querido ir. ¿Y a qué te dedicas?

—Soy profesor.

—Poeta… Eres poeta.

Entonces ella suspiró profundamente. Se sonrojó, se tocó la barriga, sonrió como quien acaba de recibir una revelación divina y repitió:

—Olive, el poeta de París…

Mientras tanto, Luis, profesor y navarro, había dejado de existir.

Ver aquella dinámica en directo fue divertidísimo. Pero, cuando terminé de reírme, algo dentro de mí hizo clic.

Porque era una representación exagerada de algo que hacemos con bastante frecuencia.

Conocemos a una persona. Nos gusta su cara, su voz, sus manos o la manera en la que nos mira. Recopilamos un par de datos: vive en tal lugar, escucha determinada música, tiene una relación aparentemente sana con su madre y sabe cocinar algo más elaborado que pasta con tomate.

Y con esa información preliminar comenzamos la obra.

Los espacios vacíos los rellenamos con nuestras expectativas. Las contradicciones las suavizamos. Los silencios los traducimos al idioma que mejor nos convenga. Y las características que todavía no conocemos se las asignamos directamente al personaje que estamos construyendo.

El hombre de turno solo tiene que prestarnos su rostro, alguna cualidad atractiva y, en ocasiones, un buen culo.

El resto lo ponemos nosotras.

Después nos enamoramos de ese personaje. De Olive, el poeta de París. Aunque en realidad se llame Luis, sea profesor en Navarra y lleve tres semanas diciendo que está “muy ocupado” para vernos.

Y así vamos por la vida: enamorándonos de las posibilidades, de las versiones potenciales, de lo que podría llegar a ser si se comunicara mejor, si fuera a terapia, si sanara sus heridas, si aprendiera responsabilidad afectiva o si dejara de desaparecer cada vez que la conversación se pone mínimamente incómoda.

Nos acomodamos a una historia que creemos estar escribiendo entre dos, aunque muchas veces la única que escribe, corrige y edita el guion somos nosotras.

Ellos, en algunos casos, ni siquiera saben que están protagonizando una película.

Pero también tengo que admitir algo menos romántico: inventar al otro no siempre es un accidente. A veces es una estrategia.

Mientras me enamoro de su potencial, no tengo que aceptar su realidad. Mientras imagino lo que podríamos ser, evito preguntarme qué somos. Y mientras traduzco sus silencios, no tengo que escuchar la respuesta más evidente: quizá no quiere, no puede o, simplemente, no quiere conmigo.

Porque la fantasía también protege.

Protege del rechazo, de la incompatibilidad y de esa verdad tan poco cinematográfica de que alguien puede gustarnos muchísimo y, aun así, no ser bueno para nosotras.

Es más fácil imaginar que está confundido que aceptar que no está interesado. Es más amable pensar que tiene miedo al compromiso que reconocer que quizá no quiere comprometerse con uno. Y es mucho más entretenido llamarlo misterioso que asumir que simplemente comunica fatal.

Entonces vuelvo a mí.

Llevo casi tres años separada después de un matrimonio de diez años de monogamia. Durante este tiempo he tenido la oportunidad de explorar mi soledad, mi sexualidad, mi luz y mi oscuridad. He podido observar cómo me vinculo, qué busco, qué evito y qué partes de mí aparecen cuando alguien me gusta.

He establecido distintos vínculos: algunos más largos, otros breves pero intensos; algunos que no pasaron de la primera cita y otros que, sinceramente, ni siquiera consiguieron quedarse en mi memoria.

No podría clasificarlos simplemente como buenos o malos. Al menos de manera consciente, he intentado acercarme a las citas con pocas expectativas y entenderlas como espacios de exploración y aprendizaje.

Aunque, siendo honesta, eso de ir “sin expectativas” también puede ser otra fantasía.

Uno va sin expectativas, pero espera que exista química, que la conversación fluya, que el sexo (si es que se llega a ese punto) sea memorable, que la otra persona sea emocionalmente responsable, que no tenga novia secreta y que, por favor, no diga que “no le gustan las etiquetas” justo después de pedir exclusividad sexual.

Lo básico.

Cuando miro hacia atrás, recuerdo las posibilidades que veía en cada uno de aquellos hombres. El potencial que, desde mis ojos, tenían.

Estuvo el británico caballeroso, a través de cuya mirada volví a verme como mujer; el italiano sensible que, con un par de palabras, conseguía llevarme al cielo; y el francés cool e introvertido con quien ni siquiera me besé, pero que durante algunos meses fue la presencia masculina más constante de mi vida.

Después vinieron el madrileño divorciado y con hijos, el escritor, el artista, el periodista, el músico, el hippie, el empresario y el mexicano que me quebró el coco y me obligó a cuestionar un montón de creencias que yo consideraba firmes, hasta que dejaron de serlo.

Parecían muy distintos entre sí, pero algunos conseguían activar exactamente las mismas heridas.

Todos fueron reales. Todos existieron y, de una u otra manera, dejaron su firma.

Cada uno apareció en un momento preciso para mostrarme algo. Algunos me ayudaron a reconocer heridas que necesitaban atención. Otros me permitieron descubrir deseos que había mantenido dormidos. Hubo quienes me devolvieron partes de mí que creía perdidas y quienes, sin saberlo, tocaron exactamente el lugar que todavía dolía.

Pero hoy me pregunto cuánto llegué a conocerlos realmente.

¿Cuánto de ellos era suyo y cuánto era mío?

¿Qué porcentaje pertenecía a la persona que tenía delante y qué porcentaje había sido construido con mis ilusiones, expectativas, deseos y carencias?

¿Era él tan interesante o yo necesitaba que lo fuera?

¿Era misterioso o simplemente no comunicaba?

¿Era libre o emocionalmente inaccesible?

¿Era intenso o estábamos atravesando un episodio compartido de desregulación del sistema nervioso?

¿Realmente había una conexión especial o ambos estábamos guapos, solos y con tiempo libre?

Quizás enamorarse siempre tenga algo de ficción. Tal vez nunca vemos a las personas exactamente como son, sino a través de nuestras experiencias, nuestras heridas y nuestros deseos.

El problema no es imaginar.

El problema aparece cuando uno se aferra tanto al personaje que deja de escuchar a la persona.

Cuando uno sigue llamándolo Olive aunque ya le haya dicho quince veces que se llama Luis.

Sigo aprendiendo a distinguir entre la intuición y la fantasía, entre el deseo y la proyección, entre lo que alguien es y lo que yo necesito que sea.

No quiero dejar de ilusionarme.

Tampoco quiero convertirme en una mujer fría, calculadora y emocionalmente blindada que analiza cada cita como si fuera una auditoría fiscal.

Quiero seguir sintiendo mariposas, pero también recordar que las mariposas, además de bonitas, pueden ser una señal de que mi sistema nervioso acaba de detectar un peligro conocido.

Quiero enamorarme sin renunciar a la fantasía, pero sin entregarle la dirección completa de la película.

Quiero conocer a la persona antes de contratar al personaje.

Y, sobre todo, quiero aprender a escuchar sus respuestas reales.

Aunque no sea poeta.

Aunque no viva en París.

Aunque se llame Luis.

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