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Cuando perder un vuelo es ganar un abrazo

Cuando perder un vuelo es ganar un abrazo

Miércoles, Septiembre 3, 2025

Pensamos que la vida se puede controlar como una playlist, pero a veces nos obliga a pausar, retroceder y mirar más de cerca lo que realmente importa. Esta es la historia de cómo perder un vuelo me llevó a un regalo inesperado: un último abrazo con mi abuela, un encuentro que se quedó en el corazón mucho más que en el reloj.

A veces creemos que tenemos el control de la vida, como si fuera Netflix y tuviéramos el mando en la mano: pausa, adelantar, omitir intro. Pero no, resulta que la vida es más como el WiFi del aeropuerto: lento, impredecible y siempre con alguien más conectado robándote la señal. Y ahí estamos nosotros, creyendo que podemos decidirlo todo, cuando en realidad lo único que podemos elegir es con qué gafas mirar lo que pasa: ¿las de la frustración, que vienen con aumento en drama y ojeras incorporadas, o las de la fe, que básicamente son como unos Ray-Ban piratas que compraste en la playa, pero que al menos te ayudan a fluir?

El sábado pasado me lancé de Buenos Aires a San Francisco. En mi cabeza todo era muy simple: vuelo largo, dos escalas, un poco de jet lag y ya. Pero, sorpresa: la vida me había comprado un pase VIP a la tragicomedia de las aerolíneas, con upgrade incluido a la sección “paciencia infinita”. Terminé llegando tres días después de lo planeado.

Ya venía con el cuerpo hecho trizas: cero horas de sueño, medio estómago vacío, el fin reciente de un amor pasajero y un combo de emociones nivel final de telenovela. Primera escala: Bogotá. Me dije: “Tranquila, acá bajas revoluciones”. Traducción: entré al VIP lounge y me devoré todo lo que encontré, como si no hubiera mañana. Sopita, calentado, arroz con leche… Mi estómago no aplaudió mi entusiasmo. Entre baños y carreras, llegué justo cuando cerraban la puerta del avión. Hermoso. Me hubiera encantado decir que perdí el vuelo por algo sexy —no sé, un romance inesperado con el copiloto—, pero no. Fue por exceso de arroz con leche.

La aerolínea me reprogramó para el día siguiente (después de cobrarme una penalidad, pero al menos no las dos que habían anunciado en un principio: gracias, universo). Y ahí, entre filas y papeles, me cayó la ficha: estaba en Bogotá, mi ciudad natal, después de más de seis años. De pronto, el error se transformó en regalo. No estaba en mis planes, no entraba en el Excel de mi agenda, pero la vida decidió abrirme esa puerta. Tenía 18 horas para ver a una parte de mi familia, incluida mi abuela.

Mi abuela. La misma que me cuidaba de niña, que preparaba el mejor ajiaco del mundo y que convertía dormir en su casa en el evento más esperado de las vacaciones. Ahora, una mujer frágil, con Alzheimer desde hace más de una década, que ya no me reconoce, que ya ni ella misma se reconoce. La vi y me temblaron las rodillas. Es raro: estás ahí, frente a alguien que fue tu pilar, tu refugio, y de repente es como si miraras un libro que conoces de memoria, pero en otro idioma. No entiende quién soy yo, pero sus manos todavía tienen la ternura con la que me acariciaba el pelo para que me durmiera.

Y cuando me despedí, lloré como niña, porque en el fondo sé que esa fue nuestra última cita cara a cara. Fue duro, pero también un regalo: perder el vuelo me regaló ese abrazo que no habría tenido de otra manera. A veces la vida no te da lo que quieres, te da lo que necesitas, aunque te lo envuelva en retrasos, colas y billetes reprogramados.

Siguiente escala: San Salvador. Esta vez llegué como alumna aplicada, con todo listo. Pero el avión salió con dos horas de retraso y perdí la conexión. Nos mandaron a un hotel, cena incluida. Yo ya estaba en plan zen, mientras otros pasajeros se peleaban como si gritarle al pobre empleado fuese a acelerar el avión. Spoiler: no, normalmente nada cambia al enojarse. Terminé haciendo de traductora improvisada de portugués (sé tres palabras, suficientes para que una señora brasileña me adoptara y me bautizara “su ángel”). Y al día siguiente, otra vez aeropuerto.

Finalmente, San Francisco. Migraciones: check. Respiro aliviada. Pero claro, la telenovela necesitaba un último giro dramático: una pasajera se había llevado mi maleta. Cuando al fin me la devuelve, me suelta: “Si quiere revísela, yo no la he abierto”. Señora, tranquila. Yo creo en el karma.

Al final, tres días, dos escalas fallidas y una maleta fugitiva después, entendí que la vida no estaba en contra mía: solo me estaba dando una clase intensiva de paciencia con actividades prácticas incluidas.

Y en definitiva... a veces la vida retrasa vuelos solo para adelantar encuentros.

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