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38 velas y un ticket abierto

38 velas y un ticket abierto

Viernes, Septiembre 19, 2025

Cumplir 38 años no es poca cosa, sobre todo cuando llevas una década celebrando cada cumpleaños en ciudades distintas. Lo que empezó como la promesa de "él" en un avión terminó convirtiéndose en mi ritual más fiel: soplar velas en territorios ajenos y hacerlos propios. Este año no estrené destino, volví a Buenos Aires, pero no para repetir: volví para reconciliarme, sanar y reescribir mi propia versión de la ciudad.

El mes pasado cumplí 38 años. Sí, treinta y ocho, esa edad en la que ya no te cantan el “Happy Birthday” con entusiasmo infantil sino con un “ah, mira, todavía respira”. Y como buena terca con vocación de gitana, terminé con un cumpleaños inesperado, porque lo mío nunca ha sido lo predecible ni el pastel de la panadería de la esquina.

Desde hace una década celebro mi cumpleaños en distintas coordenadas, como quien juega a la ruleta rusa con el mapa. La tradición nació gracias a un fulano en un avión que me prometió que cada 12 de agosto lo pasaríamos en un lugar distinto. Y hay que reconocerlo: el hombre cumplió. Durante ocho años la promesa se sostuvo (Iguazú, La Habana, Buenos Aires, Estocolmo, Agua Dulce, Málaga, Madrid y Miami) hasta que un buen día él se bajó del avión y yo me quedé con el ticket abierto.

Lo curioso es que, lejos de morirse la magia, el ritual terminó siendo mío. Lo transformé en un juramento personal: yo me celebraría a mí misma en cada rincón que me diera la gana. Y así fue como hace un año pasé mi primer cumpleaños soltera en Tulum, una fiesta que duró una semana completa. Nada mal para esta nueva etapa de la vida. El objetivo era seguir sumando destinos como quien colecciona postales para no olvidarse de que la vida se celebra viajando.

Sin embargo, este año, con el pasaporte todavía con espacio para sellos y toda la ilusión de abrir un mapa con los ojos cerrados, a último momento decidí volver a Buenos Aires. Y no, no fue porque la tradición me aburriera, fue porque necesitaba enfrentar esa ciudad que alguna vez fue más de él que mía. Esa ciudad de promesas de pareja y postales de amor que con el tiempo se convirtió en el soundtrack de mis tristezas.

Volví con la excusa de resolver problemas de empresa, abogados, burocracias y números que nunca cuadran. Pero hasta que no llegué a Ezeiza no me di cuenta de que la verdad era otra: sanar heridas que seguían abiertas, ver a mis amigos y hacer las paces con una ciudad que, aunque me dolía, también era parte de mí. Y entonces la hice mía: mi Buenos Aires, mis amigos, mis rutinas, mis nuevos recuerdos, mis nuevas vistas panorámicas y hasta descubrirme amándome y amando diferente.

Caminé sus calles con la frente en alto, como quien se reencuentra con un ex y quiere que quede claro que ahora uno brilla más que nunca. Y en ese caminar recordé que Buenos Aires fue una ciudad que me vio crecer como mujer y como profesional, que me retó, que me puso frente a los espejos más incómodos del camino que elegí.

Esta vez fui la dueña del guion y procuré escribirlo a mi manera y guardar en mi memoria cada detalle de esa ciudad.

Me reencontré con familia que no lleva mi sangre pero que es mía igual, con amigos que me han visto llorar, reír y hasta arruinar pestañinas waterproof. Volví a ser la tía Kathy, y ver a esos nenes crecer fue como mirarme en un espejo que grita: “sí, mija, el tiempo pasa, vaya aceptándolo”… y que de paso me susurra: “ponte bloqueador, que el tiempo no perdona a nadie”. Y entre reencuentros también volví a encontrarme con mi profesión, con esa pasión que siempre tuve, pero viéndola desde otro lugar: una Kathy con más cicatrices y mucho más aprendizaje.

Hubo abrazos de esos que duran más que la batería de un Nokia, risas hasta doler el estómago, conversaciones íntimas y un montón de nostalgia. Porque seamos sinceros: ¿qué sería de Argentina sin su cuota dramática y sus tangos mentales? Lloré, sí, porque uno siempre se pregunta en loop qué carajos salió mal. Pero también entendí que soltar no siempre es perder: a veces, por no decir siempre, es ganar espacio para otras historias, menos trágicas y con más humor negro (del que ya no escondo).

Y claro, también aparecieron esos amores de temporada, encuentros de miradas y risas cómplices, historias que no necesitan futuro porque ya con el presente tienen suficiente. De esos que no prometen eternidad ni falta que hace, pero que alimentan el cuerpo y el alma como un buen malbec en copa generosa: intensos, cálidos, fugaces y perfectos en su brevedad. Y benditos sean, porque no requieren trámites de abogado.

Fueron tres semanas. Cortas, intensas, suficientes para abrir heridas y cerrarlas con un beso de despedida. Tres semanas que me devolvieron una ciudad que pensé perdida. Hoy, Buenos Aires siempre será suya, sigue siendo nuestra en la memoria, pero es mía en el presente. Mi Buenos Aires querido, versión remix, con recuerdos nuevos, risas propias, amores pasajeros y cero melancolía prestada. Y si el año que viene el mapa me lleva a otra ciudad, que me encuentre igual: celebrando, soltando y, por qué no, brindando con un malbec o con lo que se deje.

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